martes, 19 de diciembre de 2006

Sin sorpresas

Cuando llega a casa se para un momento delante de la puerta, la llave ya en la mano, escuchando, como un ratón de campo atento a cualquier susurro. Intenta oír algún ruido al otro lado de la puerta, quizá alguien cacharreando en la cocina, o música porque alguien haya puesto ya la radio. Desde hace años sueña con una mujer que le espere en casa al llegar del trabajo, ninguna maravilla, él no aspira a tener una modelo a su lado, o a alguien de brillante inteligencia. Sólo una mujer. Con resignación gira la llave en la cerradura y lo recibe una vaharada de olor a col de ayer, debería haber ventilado por la mañana, pero le gusta dormir y siempre se levanta en el último momento, sin tiempo de ventilar, ni desayunar, ni decidir si esta camisa le va bien al traje de hoy. Las coles no huelen muy bien, es un olor de los que se instalan en el fondo de los pulmones, se siente solo. Una mujer olería muchísimo mejor, y seguramente también tendría mejor sabor, no hay duda. Le gustaría poder cocinar para alguien, hacer una paella los domingos, sacar la basura por las noches mientras ella seca los platos de la cena. No necesita una sirvienta, sólo una mujer.
Cada día, cuando llega a casa y se quita el traje y se pone el pijama y la bata vieja, se acerca a la hornilla y calienta algo de agua para hacerse un sopicaldo de sobre, o mete un paquete de precocinados en el microondas y cena con una bandeja sobre las rodillas en el sillón pequeño. Y los viernes, cuando empieza el concurso de preguntas siempre dice para sí: "Me daría también igual que no supiera la repuesta..."