domingo, 12 de noviembre de 2006

Con disculpas

Es simplemente así, no hay nada que hacer, cada día que pasa es un día más, cae sin remedio en una bolsa que parece que lleve en algún lugar íntimo junto a mis vísceras más preciadas, otra piedra más que cargar, otro peso inservible, otra punzada en una cicatriz que, demonios, cuándo querrá cerrarse?
Claro que no sólo son eso los días, también veo cosas por la ventana, la pareja de urracas, las luces de la oficina de enfrente a las cinco o cinco y media, cuando ahora ya es de noche, y gente iluminada, mirándome, diciéndome que quieren irse a casa, o que si tomamos algo después de salir, o puede que no me digan nada y sólo piensen en sus cosas, quién sabe.
El caso es que estos días parece que la piel se me pone más tirante y la bolsa de piedras pinchosas está más a flor de piel, y me acuerdo más y entiendo menos y no puedo evitar pelearme y chillar y patalear y creer y descreer hasta que una sobredosis de azúcar me sobrecarga las terminaciones nerviosas y me duermo embarcada en sueños absurdos, o con cinco años, recogiendo habas en el huerto o temiendo al pulpo de la piscina.
Luego la fase aguda pasa y puedo llorar con algo de serenidad y recordar su voz todavía y algún paseo juntos, o las sucesiones de números reales, sin aullar ni arrancarme el pelo, ni pellizcarme con las uñas sólo porque dolería menos.

lunes, 6 de noviembre de 2006

Ritual

Cuando le he visto a la luz del día, bueno, lo de luz tiene aquí un significado puramente fotónico o electromagnético, porque en este país se apaga la luz en noviembre y no la vulven a dar hasta mayo o junio, mis sospechas se han confirmado: me lo he hecho con un tipo que tendrá como unos 3000 años... de verdad, no hago carrera conmigo. Bata de diva en decadencia, chanclas de dedo y te ofrecen un té. El ritual comienza. Frases que cuesta creer que se puedan intercambiar con un desconocido, y a esas horas "¿dónde se compra el perejil en este país?, porque de donde yo vengo es imposible comprarlo, se regala en las pescaderías..." Una taza de té, "¿leche y azúcar?". Dios mío, pienso, quizás no sólo me lo hecho con un hombre paleozoico, puede que haya caido aún más bajo y que trabaje como asistente de vuelo. No lo quiero ni pensar, aunque creo recordar que después del tercer Long Island iced tea me dijo que era arquitecto, justo antes de empezar a meterme mano y a decirme que su casa no estaba muy lejos. Pero las casas siempre están lejos. El paseo desde el bar de turno hasta el piso desconocido tiene una duración fija, el silencio es siempre igual de incómodo, las estupideces igual de estúpidas (aunque me reservaré lo del perejil para la mañana) y los fluidos igual impacientes... No ha estado mal, pero ahora sólo pienso en llegar a la estación para comerme un croissant de jamón y queso, que simpre están como plastificados y siempre me destrozan el estómago para el resto del día, pero el ritual es el ritual. Miradas de censura, claramente vuelvo de pasar la noche fuera, de hacérmelo con un desconocido, y eso, no sé cómo, lo nota la gente. La gente que habita los domingos-mañana-fea-gris-chubascosa están siempre resentidos por algo, mirán de lado y censuran todo lo que les rompa su anodina mañana-fea-gris-chubascosa. Nada de intercambio de números. Ha sido sólo eso. Nos lo hemos hecho. Hemos seguido el ritual hasta completarlo. Es sólo sexo, SEXO, SExo, seXO. ¡Lo que daría por ver su cara al descubrir en qué estado han quedado las sábanas! A lo mejor él ha empezado un segundo ritual que yo desconozco, el que empieza cuando una puerta se cierra a mi espalda. No sé, no me importa, sólo pienso en ese croissant, pero lo que sí sé, es que va a necesitar otros 3000 años para que esas sábanas vuelvan a quedar blancas, jijijiji....