martes 3 de noviembre de 2009

corriente

Color cadáver la fachada, insulsa y sin balcones, sin alero ni entradilla, con un portón imitando al plexiglás que en su momento debió significar la llegada de la modernidad al edificio.
El portal no es portal, son cuatro escalones de piedra sonsa que llevan a una especie de principal idéntico al resto de los descansillos. Los buzones se agrupan a la izquierda de la entrada, recién pintados de azul electricista, orgullosamente limpios, las etiquetas con los nombres escritos a plumilla, ya casi todas amarillentas, todas iguales, ninguna cerradura estropeada. Cada puertecita perfectamente cerrada custodiando ferozmente los secretos de su dueño.
Dos viviendas por planta y en cada puerta su ojo de pez, casi en el centro, a la altura más conveniente de hace cincuenta años. Alguna puerta luce una placa con el nombre de quien se esconde detrás, las menos también un Corazón de Jesús. Los felpudos, marrones y gruesos, o grises con la cara inferior plastificada no tienen ocasión de acumular polvo ni borra, la escalera se friega a diario, flota en el aire el olor a pino artificial, a detergente barato.
En esta casa sin ascensor, entre el trajín de amas de casa que arrastran carritos de la compra, cuidan de los nietos y sobrellevan el dolor de la cadera y los mareos por culpa de las cervicales, más concretamente detrás de la puerta del cuarto izquierda, se esconde un secreto.

viernes 25 de septiembre de 2009

El vecino

Nos revolvía el pelo con cara de contento y en realidad le asqueábamos con nuestras rodillas sucias y los brazos flacos llenos de cardenales. Se sacaba caramelos de anís del bolsillo nada más oírnos abrir el portón y en realidad sólo le preocupaba no rozarnos con sus dedos pulcros como de cirujano cuando nos los ofrecía con gesto amoroso. Escuchaba paciente nuestras aventuras de después del colegio, pero suspiraba por que desapareciéramos cuanto antes, que llegara un viento del Oeste y se nos llevara lejos. El día que encontraron a Mario en una cuneta, vino a llorar a casa compasivo, pero sus ojos decían : « uno menos, paciencia, uno menos… »

lunes 14 de septiembre de 2009

Las vueltas

Llueve. La lluvia no le importa a Miguel casi nunca, pero hoy sí, porque ayer no llovía y hoy sí. Volver del sur es así. Ha conseguido mantener el recuerdo de sus vacaciones a salvo de los cocodrilos de la oficina, que seguían rodando y comiendo rollitos de primavera, igual que antes de que se marchara Miguel, al sur, hace tres semanas. El café ha estado más al acecho y en un descuido le ha robado tres días de recuerdos, se los ha llevado en una bolsa de plástico naranja. Pero eran sólo tres y además eran los de alrededor, los que tienen un poco de tierra y algún insectillo, algo por lo que no se va a perder la tranquilidad. Miguel vuelve con coraza de piel morena de sus vacaciones. Es un hueso de jibia, más dura de lo que parece.
Pero después, en el tren, en la lluvia, en la noche inesperada a esa hora, el alma se le ha hecho gelatina y ni la coraza de jibia ha impedido que se le desparrame cinturón abajo, incontenible, licuada, bañando el suelo del vagón. A Miguel le ha avergonzado su torpeza y al suelo se ha echado de inmediato para recoger su alma, disculpándose ante todos sin mirar a nadie y esperando que el tren no se llenase de ranas, que a Miguel no le gustan los escándalos. Sin llamar más la atención ha salido Miguel del tren, a una calle que es cuesta arriba y quiere una palmera de chocolate. Es lo que Miguel se comería para zanjar la situación; o un rosco de merengue o un trozo de pan de aceite, mojado en leche caliente y prensado contra el paladar, para chuparle toda la leche. Y así Miguel sabe que se hará otra vez duro y con sonrisa y con alma de jibia.

martes 8 de septiembre de 2009

flores de plástico

La tienda de flores de plástico debió cerrar en verano, por el calor de aquel agosto. Había lenguas de fuego que salían enajenadas de los casetes del aire acondicionado. Hasta el canario del balcón de la segunda planta cantaba sólo por las noches, el día lo pasaba en una bañera de cubitos de hielo. La Negra le había puesto una bombilla de 25 W en la ventana para provocarle el canto nocturno. Mami seguía con sus labores de costura también ya bien entrada la noche, no corría ni un pelo de brisa hasta las 10 o las 11.
Las flores de plástico eran realmente frondosas. A Mami le encantaba mirarla, plantando su culo abultado delante del escaparate. Lo tenía embutido en una tela de colores vivos, de un estampado alegre, lo movía con esa magia con que las negras hacen cualquier movimiento, parecía de paja, a pesar de aquel volumen.
Había flores que tenían rocío de la mañana pegado eternamente, daba fresquito verlo. Quizá por eso nadie notó cómo se iban derritiendo las flores de plástico de la tienda, cómo lentamente, las hojas, el cáliz, pétalos, incluso espinas, iban formando una bola irreconocible que caía sin gracia en el suelo de la tienda.
La negra vivía un piso más arriba de Mami. Daba gusto mirarla. Con el calor llevaba una camiseta pegada como de interior, y nunca se olvidaba de los levis ajustados, eso a Pedro lo volvía loco. Hasta el último pelo rubio de su piel escocesa se erizaba al verla bajar la escalera costrosa de la casa colonial, antes de una inportante familia venida a menos. Como todas las casas de la zona, el color, que alguna vez había brillado intensamente, se tornaba ahora tan pálido y resquebrajado que parecía un viejecito a punto de agonizar. Los balcones con sus balaustradas, las puertas de madera desvencijada, las contraventanas con sus rendijas por las que la silueta de la Negra se movía de un lado a otro. Pedro suspiraba. ¿Cómo conseguir un ramo de flores de plástico? Sin dinero, sin trabajo, recibiendo una mísera pensión, quién podía imaginar que cerraría la tienda?
Las flores de plástico se les presuponía resistentes a cualquier estado atmosférico, de hecho a Mami le parecía la unica solución al cambio climático: si pudiéramos comer pastillas de astronautas y regalar flores de plástico a las enamoradas, todo estaría solucionado, decía Mami. A Pedro las cosas de Mami le parecían bobadas, pero sabía que la Negra se moría por un jarrón de rosas falsas, de esas con rocío de la mañana.
Fue una tarde de septiembre, cuando ya había ahorrado para un ramo de aquellas flores de plástico, cuando Pedro se dió cuenta de que la tienda había cerrado. Por el escaparate, limpiando con la mano un poco los cristales del establecimiento, vió aquella mancha enorme en el suelo, aquel hedor a bolsa chamuscada, aquella masa deforme que se movía lentamente hacia las rendijas de la tienda.

domingo 23 de agosto de 2009

la herencia

Cuando me presentaron a Irene la vi vestida de blanco, como se lleva el luto en su tierra, con esa sonrisa burlona que apenas la abandona en momentos de mucha tensión, tumbada en su ataúd, como una niña dormida que sueña con las aventuras de las vacaciones pasadas.
Cuando me presentaron a Irene me habló de su sobrina y del nuevo bebé en la familia, que por descuido de los padres se había quedado sin nombre. “Es cosa corriente”, me explicó, “le dieron demasiadas vueltas y al final llegaron tarde”. Yo la vi, sin embargo, envuelta en su sudario de batista blanca con vainica que bordó su hermana, lo vi todo desde el borde de su tumba en un día ventoso, en un cementerio que no pude reconocer.
Cuando me presentaron a Irene ella ya me conocía, me miró a los ojos y me dijo: “No has de tener miedo, aún falta mucho, pero quiero que te encargues de mis cuadros”. Con Irene no se puede discutir, de eso me di cuenta en seguida, así que le pregunté de cuántos cuadros se trataba y decidí buscar un guardamuebles para estar preparada.
“Mira, lo fundamental de la cocina de mi tierra es el canto que acompaña cada plato, no debes menospreciarlo”, me contaba animada mientras salíamos a la terraza. A pesar de los niños correteando a nuestros pies, del sol brillante y el olor a barbacoa no podía dejar de pensar en cuánto costaría alquilar un sótano sin humedad, o quizá construir una cabaña en el jardín donde poder guardar la herencia de Irene.

miércoles 19 de agosto de 2009

Las páginas en blanco

¿Cómo se puede continuar una amistad cuando alguien no está dispuesto a perdonar? Yo no lo sé. Desde hace meses una amiga no me deja nada de espacio. Hubo un año 2004 en el que, por las circunstancias, porque etonces le dábamos menos vueltas a las cosas o simplemente porque eramos más chicos, estaba loca por mí (y yo por ella). Ahora cuando estoy con ella lucho haciendo equilibrio sobre una barra para periquitos por no espanzurrarme contra el suelo. Unas veces con más estilo, otras veces de pena y otras, me caigo. No parece haber solución. Como leí en alguna parte unos días atrás, lo que se acaba se acaba, se le hace su duelo y a otra cosa. Resistirse no sé si nos está haciendo bien, no sé siquiera si tiene algún sentido. Cuando alguien decide que nunca más le harás reir, creo que tiene un significado claro, me dice que el final de la historia quedó ya veinte páginas atrás y lo que sigue son páginas en blanco que nos hemos empeñado en seguir leyéndo en voz alta.

miércoles 12 de agosto de 2009

conocer al señor Dietl

Matilde ya no se acuerda de cuándo llegó el señor Dietl, sabe que fue un verano, en pleno mes de agosto a las cinco de la tarde cuando lo conoció, ella arreglando los canarios en la ventana después de ver la novela, él bañado en sudor sonriendo de oreja a oreja. Buscaba un hotel barato, una pensión, un sitio donde darse una ducha y pasar un par de noches. Y fíjate, ni se sabe ya el tiempo que hacía de aquello, el señor Dietl se quedó y comenzó su propia dinastía de canarios, encontró una bicicleta todavía en uso en la placeta de los naranjillos y un trabajo mal pagado e incómodo de conserje de noche en el mismo hotelillo de barrio que le recomendó Matilde.
“Hija, yo creo que es gai de ésos, yo no le he conocido novia ninguna, y buen mozo es y listo, que mira cómo aprendió el español en un pis pas, sin clases ni nada, a fuerza de sentarse aquí las mañanas conmigo. Vamos, si no, no me lo explico.”
El señor Dietl vive en un bajo en una calle estrecha cerca de la parroquia en una casa antigua con rejas de hierro forjado en las ventanas. Allí cuelgan los pajarillos, felices de ver pasar viejas que van a misa, del sol que se cuela hasta sus jaulas, de los olores que van y vienen. Y allí se pasa él los ratos cuando no está en el hotel, poniendo agua limpia, colgando hojas de lechuga entre los barrotes, barriendo el mijo que tiran sin descanso.