martes, 20 de junio de 2006

Obvio

Lo normal es no darte cuenta de que el vaso se está llenando. Se nota cuando el chorro está fresquito y calma la sed deprisa y también notamos cuando quema y deja parches de rencor rojo. Te das cuena de que hay sequías de días iguales e inundaciones de posibilidad y felicidad a tiro de piedra.
Pero nadie se preocupa del vaso, que se llena, que no para de llenarse. Ni siquiera lo hemos visto; pero un día, ¡un momento!, el agua corre, discurre y escurre y tiene que caer en alguna parte. Y entonces escuchas el goteo, lo ves sobre la mesa, demasiado lleno ya. Y la ves caer, ésa siempre la ves caer, despacio, sabiendo que tiene un próposito distinto de las anteriores; que cae para colmar el vaso y desbordarlo todo. Mantienes los ojos bien abiertos. Con ojos de mochuelo habrá que empezar a pensar qué se puede hacer con un vaso colmado y un chorro que no cesa, aunque parece que está bastante claro...

2 comentarios:

Klingsor dijo...

... y últimamente la veo casi cada día, la veo cayendo en casi todo lo que me sucede, en cada conversación, en los paseos de vuelta a casa y en el tren; en una rutina colmada de inercia pero muy vacía de futuro, muy vacía de esperanza, muy vacía de Granada...

O dijo...

y yo acabo de entenderlo todo, qué torpeza...